Me ha costado bastante cerrar la etapa de mi paso por Tokio, yo creo que por varias razones obviando que la principal es que estaba bastante cansado, y que nada más poner el pie en España he tenido que incorporarme el viernes al curro.
Estamos a sábado, pero nos remontaremos al domingo de la semana pasada.
DOMINGO
Ya había avisado a la gente, de que como serían nuestros últimos días y encima libres, iría completamente a mi bola, más que nada porque lo necesitaba. El domingo nos obligamos a levantarnos porque la resaca del sábado en el Karaoke, nos tenía como pasas envueltos en nuestro futón.
La primera en ponerse en pie fue mi compañera Danae, con la que habíamos dicho de hacer algo juntos e ir al parque de Yoyogi, al que aún no había ido, y al cruce de Shibuya, conocido por ser el cruce más transitado de todo el mundo.
Quedamos a las 12 en la puerta del hotel, donde se nos unieron su hermana Elara y JD, otros dos compis de viaje.
La sensación al entrar al parque fue muy agradable, sobre todo porque se sentía que era domingo, y la peña se relajaba en el césped y caminaba por el parque tranquilamente.
Nosotros no fuimos menos y nos compramos comida en una combini para tomárnosla apalancados en la hierba.
Puede que en mi friki manera de percibir las cosas, me indujese a convencerme a mí mismo de que los cuatro estábamos planchados porque nos dábamos cuenta de que quedaba poco para que todo se acabase. De hecho creo que así era porque nos tumbamos en la hierba comentando sobre la situación de cada uno al volver a España, y todos estábamos de acuerdo en que nuestra situación en Japón era más apetecible, y no sólo por estar de vacaciones, o al menos así lo creíamos.
Ya sabéis, es de esos típicos momentos en los que algún entendido os dice “Ya, pero luego aquí la vida es muy dura y no lo veríais de la misma forma, claro, es que estáis de vacaciones”.
Tres fotos de nuestro césped donde comimos.
Cuando abrí los ojos y me levanté, me dí cuenta que teníamos a cuatro japoneses angustiados porque se les había colado un frisby en una de las ramas del árbol que nos daba sombra. Concrétamente encima de nuestras cabezas.
Fue cachondo porque les teníamos pegados a nosotros, mientras hacían gestos silenciosos para no molestarnos.
Continuamos caminando una horilla más, eran entre las tres y las cuatro de la tarde, y parecía que fuese a anochecer en breve.
Más tarde iríamos a Shibuya, no sin antes quedarnos un rato atontados (creo que sólo me empané yo en realidad) viendo a los famosos Rockadilli.
Algún día habrá tiempo para adaptarme a ésta ciudad.
LUNES.
El día del Lunes quise volver a Shibuya y por aquellas zonas, sobre todo porque tenía intención de comprarme algo de ropa Japo.
Camino del tren me hice una foto en el mítico Gundam Café, en el que no tomamos nada, pero que dejo como tarea pendiente para un futuro.
Las tiendas que vimos eran carísimas.
Otra cosa no, pero nunca había vito ropa tan cara, os digo que lo más barato rondaba los 70 euros, ya fuese un pantalón o una chaqueta, aunque la mayoría de pantalones no bajaba de los 100 euros. Supongo que hay que invertir muchísimas horas o tener más idea de dónde encontrar ropa más asequible, eso si la hay. Por mi parte no tengo ni idea, ya que lo poco que sé de éstos japoneses, es que curran tantas horas seguidas que ganan auténticos pastizales. Eso sí, no penséis que tienen demasiado tiempo para gastarse el dinero, razón por la que a la mínima que pueden se gastan una auténtica burrada en lujos, ropa, coches, o sencillamente se piran a Akihabara a jugar a máquinas tragaperras porque lo que ganan puede llegar a ser algo secundario.
En realidad ahora que lo pienso, toda la peña es muy pija, sobre todo en sus formas de vestir, por no hablar de las niñas. Creo que poca gente joven he visto que no vaya a la última.
La única tienda en la que la ropa estaba toda a 7 euros, fue una de segunda mano en donde todo me parecía de lo más cutre. Al final tras mucho buscar me compré tres cosillas (No en las tiendas cutre y tampoco por demasiada pasta), que en España dudo que encontrase.
A la hora de comer, los tres que éramos entramos en un buffet libre tipo americano, en el que por 15 pavos te ponías hasta arriba de toda clase de pasta y postres de helado, bebiendo también lo que te diese la gana.
Yo me pillé de bebida fanta de melón. Sí, como lo habéis oído. Era fanta de color verde además.
Entrada al buffet.
Llegada la tarde decidí pirarme solo hacia el hotel, para darme un baño relajado en los baños termales y después pirarme a pasear por akihabara. La cosa iba sucediéndose una tras otra como lo tenía planeado, hasta que me encontré con una pareja del grupo que me invitaron a ir con ellos al Tokio Dome, un hotel lujoso cerca de uno de los estadios de Beisbol más conocidos. El hotel una pasada, según me contaron cuesta unos 300 euros la noche, pero gozas de friki lujos tales como mayordomo privado y movidas de estas por las que a día de hoy yo no pagaría. Por no decir de los alrededores del hotel, todos de su propiedad, que prácticamente se extendían como un pequeño barrio de Madrid, con montaña rusa incluida.
Estuvo guapo como curiosidad, sobre todo porque a esas horas de la tarde/noche empezó a entrarme la angustia de que era mi última noche oficial, ya que la siguiente sería estar prácticamente alerta para que a las 7 de la mañana pudiésemos ponernos de camino al tren que nos llevaría al aeropuerto.
Llegados a unos jardines del hotel comenzó un espectáculo de agua, en la que por esas casualidades de la vida asocias a que todo ocurre en el momento propicio para incrementar las sensaciones del momento y tiene un significado. Y para mí no fue ni más ni menos que una despedida personal dispuesta a dejarme un buen sabor de boca para no olvidar estas tierras por mucho tiempo.
Se hacía tarde y tenía una cita en el hotel con el grupo. Como curiosidad decir que al volver, andaba algo perdido y pregunté a una mujer la dirección del Hotel Edoya. La mujer me guió como pudo, y me perdí. Me perdí de nuevo porque me guió mal, me enteré de ello cuando volví a encontrármela en su coche, estaba buscándome por toda la zona para llevarme y pedirme disculpas por haberse equivocado al guiarme. ¿Casualidad? No, Japón.
Danae, mi compi de grupo con la que al día anterior fui al parque Yoyogi, estaba con la misma angustia que yo, sabiendo que todo llegaba a su fin. Esa noche habíamos prometido que nos negábamos a quedarnos en el hotel bebiendo cerveza, y que por cojones teníamos que aprovechar nuestra última noche completa.
En la sexta planta todo transcurría con la misma normalidad que siempre, la gente empezaba a ponerse contentilla y los que estaban más sobados se iban a sus habitaciones. Por un momento llegué a pensar que en mi empecinamiento por no aceptar que debía cerrar los ojos, me tendría que ir sólo a pasear por Tokio de madrugada, a gritar, correr o hacer el capullo, pero desde luego no a dormirme.
Hice tiempo mientras el ambiente iba apaciguándose, hasta que por fin Danae que se estaba quedando hasta las últimas con la misma intención que yo, me dice que si nos piramos de una jodida vez.
Yeah, subidón, euforia, frikismo, llamadlo como queráis, pero el momento en el que fuimos a una combini a comprar más cerveza, cerca de la 1 de la madrugada, para beber por la calle mientras paseábamos fue irrepetible. Quizá fue de las sensaciones que llevaba 13 días esperando tener, una sensación relajada, niponamente usual, dentro de que beber cervezas por la calle no es usual allí, pero sí tal como nosotros lo entendíamos, porque no éramos unos malditos guiris que ansiaban hacer fotos de todo sin llegar a mezclarse con la cotidianidad de Tokio. No sé si es porque estaban las calles vacías (quizá sería la razón más de peso), pero encajábamos.
Fuimos al parque de Ueno, cerca de nuestro hotel, y paseamos horas mientras nos contábamos nuestras vidas. No hace falta volver a decir, que en mitad de un parque tipo retiro de Madrid, no sentíamos ningún tipo de miedo porque nos atracasen o encontrarnos con gente chunga.
Esa noche, se me reafirmó no sé tampoco si por las cervezas, la idea de que quería vivir allí. Exteriorizando estos pensamientos con la persona adecuada como fue Danae en ese momento, la paja mental trascendió a niveles supremos, llegando a cavilar mutuamente sobre utopías comunes y la vía para hacerlas realidad. La conclusión es que al día siguiente, nos perderíamos por Tokio a nuestra bola juntos, sin tener que dar explicaciones de a dónde íbamos a nadie.
Tras más de dos horas de flipe, el desvaríe continuó por las calles, en las que cualquier persona ebria se sentiría la protagonista de un anime, y días después recordaría con cariño y cierta vergüenza.
Sobre las 5 de la madrugada, nos compramos las últimas cervezas para meternos en bañador en los baños termales masculinos y acabar en la sauna (todo es menos erótico de lo que vuestra retorcidamente puede imaginar), hasta que nos pillaron los dueños del hotel y tuvimos que irnos tragándonos el bochorno para perecer en nuestros futones hasta la llegada del último día.
MARTES
Ya había previsto a Danae, de que no tenía pensado un destino concreto, no iba a visitar el último templo que me quedaba, porque seguramente no sería el mejor recuerdo que me llevase de los últimos días.
En nuestro afán de improvisación decidimos retornar a Ueno, el parque de la noche anterior, y entrar en el Zoo, sin preguntarnos demasiado si era la decisión acertada.
Estábamos un poco soñolientos, teniendo en cuenta que habíamos dormido apenas 4 horas. Por un momento llegué a sentirme mal por estar así el último día. Como Danae andaba igual, decidimos irnos al hotel a pegarnos una ducha rápida, despejarnos y demás, para acto seguido partir a la Tokio Tower a ver como anochecía en la ciudad, desde la cafetería a no sé cuantos metros sobre los tejados de los edificios. Quizá esperaseis una entrada menos pomposa, con un final más light, ¡pero me es imposible!
Es una ciudad del futuro ¿Eh? Estuvimos más de dos horas dentro de la Tokio Tower viendo atardecer, hasta que finalmente los neones de la ciudad y las luces rojas del edificio se remarcaban como una despedida. Cuando nos sentamos en la cafetería, las vistas que teníamos eran las de una gran avenida que relucía más que el resto. Danae me invitó a un helado de chocolate.
Hubo un momento en el que me puse los cascos y le pasé un auricular a Danae, hay una canción que tenía preparada para una situación así y comparto con vosotros, para de alguna forma, tratar de transportaros más a la sensación de aquella tarde.
En el silencio de una ciudad respetuosa y saboreando un helado de chocolate, vuelves a reafirmar que volverás, y que quizá, por qué no, tu lugar esté en éste país. Por segunda vez lo compartes con la persona adecuada. Puede que compartir éstas ideas con la persona adecuada no sea lo más sensato, porque una cosa te lleva a la otra, y al final tu historia se asemeja a un melodrama con final intenso de esos que lloras como una colegiala japonesa.
En el momento en el que a Danae y a mí se nos cruzaron los cables a la vez, la cagamos. Y fue por eso que hicimos una promesa de dedo meñique. No os riáis. Cuando horas más tarde ante el grupo dejamos caer que habíamos hecho una promesa, uno de los del grupo vaciló diciendo “Una promesa de dedo meñique, ¿no?”
En realidad nunca he creído en las promesas de telenovela, sobre todo cuando son suscitadas por la euforia del momento, porque siempre se estampan contra el suelo como algo amorfo que jamás tomó forma.
Pero tenía un plan B.
Para el 2013, Danae y yo tenemos que estar viviendo en Tokio juntos (No estamos enamorados, vale ya). En ese transcurso yo acabaré mis estudios y ahorraré, y ella trabajará como una negra con una sola meta.
¿Y si ha sido el resultado de la euforia del momento?
Bueno, reconozco que llevar esta utopía hacia adelante es bonito, pero en caso de que no cuente con Danae seguiré encaminando mi vida solo, que no se me da mal, y con ello todo irá fluyendo si me voy anteponiendo a las cosas con cabeza.
¿Por el momento? La conexión entre Danae y yo es fuerte, y estaría guay seguir escribiendo un transcurso positivo de cómo vamos trabajándonos nuestro sueño día tras día.
La despedida de Tokio Tower fue silenciosa, sobre todo porque para mí, esa sí que fue mi despedida oficial de Japón.
La noche después transcurrió en el hotel hasta las siete de la mañana, y me negué a hacer fotos. No tenía ganas de fotografiar cómo dejábamos atrás Japón, porque cuando miré a Danae le levanté el dedo meñique y todo final se quedó abierto incluso cuando llegué a España y al día siguiente fui a trabajar, para acabar hoy domingo en el salón de mi casa escribiéndoos esto, y sin haberme hecho a la idea de que esto acaba.
Día a día iré asentando mi cabeza y sacando adelante el curso y el curro, que no es poco.
Hoy al abrir el facebook, me he encontrado con un video de ésta serie que me ha dejado Elara.
Hoy al abrir el facebook, me he encontrado con un video de ésta serie que me ha dejado Elara.
Como sé que leerás esto, ¡Danae! ¡Ponte las pilas!



