ASIMO. Acrónimo de “Advanced Step in Innovative Mobility”. Es un robot humanoide desarrollado por Honda, en Japón.
Está iniciativa surgió a mediados de la década de los 80, evolucionando y siendo perfeccionado hasta la fecha como uno de los robots tecnológicamente más avanzados del mundo.
Entre sus peculiaridades, destacan su compleja capacidad motora. A día de hoy, ASIMO no deja de estar en constante mejora y aunque aún es pronto para determinar un rol específico a este simpático muñeco, pretende estar encaminado a solventar los problemas de personas discapacitadas o con problemas móviles.
La última versión de éste robot fue lanzada en 2009. ASIMO había conseguido sintetizar todo su complejo sistema interno a uno más liviano y discreto, pudiendo albergar en su interior, lo que antes llevaba a modo de mochila a la espalda.
Además cuenta con una AI (inteligencia artificial) avanzada, es capaz de aprender, reconocer rostros y personas, y por supuesto hablar. Aunque el futuro de la robótica tal como da pie a imaginar este ser no es una realidad inminente, y los replicantes aún no venderán sexo frente a carteles ciberpunk de coca cola, el nuevo ASIMO implementa un dispositivo ICC (Interfaz computadora-cerebro), que tiene nada más y nada menos que un 90% de aciertos en el reconocimiento de ordenes cerebrales.
Imaginaos el día en que esos aciertos sean del 100%, y pase a ser un bien cotidiano en una sociedad nipona, en la que la robótica es cada día más tangible e incluso, común.
Otro ejemplo de investigación robótica nos lleva a ésta simpática mujer, por decir algo, que con un programa de ordenador es capaz de acatar directrices e interpretarlas con gestos faciales y sonoros, aunque a mi parecer, no es tan interesante como ASIMO pese a que estéticamente sea más vistosa.
En Japón comienzan a estar de moda los restaurantes en los que los anfitriones son máquinas, de hecho, estos robots chef preparan cualquier plato del menú delante de los comensales, sin dejar de demostrar su destreza y su maniobrabilidad con la comida.
En un intervalo de tiempo relativamente corto, la sociedad evoluciona tecnológicamente de manera sorprendente. En la sociedad nipona los robots, las máquinas, tienen un auge especial, y forman parte de una moda cada vez más frecuente, que en ocasiones para los occidentales puede generar cierta aversión, sobre todo porque no estamos acostumbrados a lidiar con estos bichos humanoides y porque en algunos casos, su hiperrealismo, aunque inquietante, para un amplio porcentaje resulta demasiado atípico y en el caso de la mujer robótica de piel sintética, por qué no decirlo, aterrador.
¿Por qué cuento esto? Porque es un hecho real. Que nuestros coleguillas nipones simpaticen antes con estas máquinas que nosotros no sólo es cuestión de frikismo, que también. Para nosotros puede ser frío simpatizar con seres cibernéticos, para Japón no. Las raíces animistas de su principal religión, el sintoísmo, han eliminado el miedo atávico hacia los robots como enemigos del hombre. El panteísmo, que permea el sintoísmo, otorga carácter divino a todo lo que nos rodea y propicia una relación armoniosa, o al menos sinceramente afectiva, de los seres humanos con las máquinas que simulan cada vez con más realismo apariencias y conductas humanas.
Siempre me han fascinado los temas relacionados con la ciencia ficción, y a veces la realidad la supera sin duda. Considero que de alguna forma la evolución del ser humano a niveles tecnológicos, se renueva como un refinamiento de la naturaleza, ¿Qué es la tecnología si no naturaleza refinada?
Se especula con el tiempo que hace falta, para que una máquina tenga la autonomía y la inteligencia suficiente como para rivalizar con la vida, y mientras que unos apuntan al 2029 como una fecha en la que los avances despertaran a un Frankenstein robótico, otros dicen que estamos a años luz de conseguir semejante avance y otros dicen que ni siquiera es un hecho viable.
La ley de Moore basada en principios de observación lleva sucediéndose desde hace 100 años, pronosticando que la complejidad de los circuitos integrados se duplicaría cada año con una reducción de costo evaluable, de hecho se ha convertido en el motor del vertiginoso cambio tecnológico.
Pero la ley de Moore no siempre se cumple, sobretodo si hablamos de física.
El silicio es el principal componente de nuestros microprocesadores y el promotor de nuestra tecnología compleja, es un material semiconductor rentable y poderoso, pero sin embargo es inestable a nivel molecular. Si hacemos un transistor más pequeño y potente, éste generará más calor, el chip de silicio se derretirá y los electrones se perderán debido al principio de la incertidumbre.
Aún no estamos a la altura de superar a la ciencia ficción.
Los científicos buscan un remplazo al silicio, y aunque computamos estructuras cada vez más complejas, estamos lejos de configurar un espejo de nuestra proyección de vida artificial.
Aun con todo, si consiguiésemos resolver todas las trabas que nos alejan de alcanzar una meta, teniendo en cuenta que a día hoy sólo hemos programado un robot con la complejidad de un niño de 4 años, para mí, lo más inquietante de todo es, ¿Podrá un robot poseer consciencia? ¿Puede estar programado para ser consciente, chequearse introspectivamente no de forma mecánica, sino de manera emocional, sensitiva?
Son cuestiones delicadas, sobre todo porque nosotros aún no tenemos una afirmación rotunda sobre qué significa la consciencia, ni qué elementos computan en nosotros ni qué códigos naturales nos convierten en un ser más consciente que lo que ha sido programado para serlo.
Si la tecnología puede considerarse (a mi parecer) como naturaleza refinada, y nosotros somos seres naturales, ¿No estamos hablando de un camino compartido? Quizá sea un camino en el que nosotros estamos destinados a ser androides y somos aún demasiado imperfectos. Quizá nosotros estábamos siendo programados orgánicamente desde que descansábamos en el útero, y quizá del mismo modo que jugaron con nosotros en algún momento como deidades que eligieron hacernos funcionales, nosotros tengamos la capacidad futura de hacer funcional aquello artificial, con una trascendencia mayor en la que la programación y los códigos sean alegóricos a las cadenas neuronales que conforman nuestro cerebro, una analogía de vida que responde por sí misma, esforzándose por ser más perfecta y capaz que sus creadores.
Al final todo esto conlleva a dos vertientes: Una que nos ilustra lo poco que conocemos y lo que nos queda por conocer, y otra que a mí, personalmente, me recuerda lo relativo que es todo.
Creemos ser lo más inteligente que pisa el cemento, que somos los únicos capaces de quebrantar barreras de conocimiento ocultas. Somos una raza envidiable aunque primaria universalmente, y la cuestión de todo es, hasta que punto lo nuestro es más real y verdadero que lo que podemos concebir, porque de alguna manera nosotros hemos sido concebidos al mundo.
Hay tardes, noches en invierno, en que me coloco el mp3, y me pongo a andar hacia la estación de metro que más lejos me pilla a la salida del curro, simplemente por andar. Te acomodas ante el día a día y lo dominas. Mola dominar el día a día porque de ninguna otra manera sabrías mantener el seso.
Acostumbro a activar el automático. Veo como las personas a mi alrededor se aferran con rabia a lo que tienen, que en definitiva no deja de ser lo único que les queda. Aman y odian su trabajo, aman y odian lo que les rodea. Sus uñas sangran cuando por más que intentan adherirse a la colmena se resbalan y astillan, porque en realidad, aunque ellos no quieran saberlo, qué cojones, no les queda otra.
A veces por la noche al salir, quedo con dos compis del curro y nos vamos a una tasca cool, que reluce en tonos azulados e incitan a desvariar hasta las tantas, pero nosotros sólo nos quedamos una hora a lo sumo. Una de las compis no bebe alcohol, porque dice que la cerveza sabe a hierro oxidado, a la otra le va la caña y siempre se pide una jarra de cerveza conmigo. Lo que mola de estos encuentros es que se han convertido en un vicio, cada semana paga uno, y las semanas que yo no pago repito.
Siempre he sido un poco nenaza, y mis compis hablan demasiado. Cuando bebo apenas 3 tragos desvarío un poco, y las palabras de la que más raja, se pierden en la fatalidad de ser ignorada, tanto por la sobria como por el semiobrio, yo, que percibo todo un poco más volátil de lo que es.
Los tonos de las luces azuladas de putiferio cool pasan a ser un poco más oníricas, y por un momento tengo el semi-impulso (siempre semi, considerando que no doy paso a mucho más), de llamar a Nani y decir: “Tronca, ¿pero no estás preparándote aún la mochila para nuestro viaje?, Tronca, voy a Salamanca ahora mismo y desvariamos a golpe de Birra imaginándonos que estamos en Shibuya”!
Sé que ella no podría aguantar la tentación, pero normalmente, cuando suelto gilipolleces eufóricas, siempre son para hacer de ellas un estímulo antes que un hecho.
Lanzo estímulos constructivos a los demás. En realidad, me esfuerzo por lanzar estímulos significativos a cuatro personas, y una de ellas soy yo.
Para el mes de Enero me quiero apuntar al gimnasio, toma ya.
Últimamente parezco un agente de la CIA. Puede que mi vida peligre. He estado indagando en temas ocultos, y la próxima entrada os sorprenderá. No puedo desvelaros la fuente, pero tengo en mis manos temas de alto secreto... Ufología, extraterrestres, y un video clasificado que ha sido filtrado por wikileaks, y que tengo el placer de comunicar a la humanidad. Aquí os dejo un pequeño avance...
PD. A todos los que dejasteis comentarios en la anterior entrada, os he contestado ahí mismo.







