jueves, 29 de diciembre de 2011

ASIMO.

     Seven:


  ASIMO. Acrónimo de “Advanced Step in Innovative Mobility”.  Es un robot humanoide desarrollado por Honda, en Japón.
  Está iniciativa surgió a mediados de la década de los 80, evolucionando y siendo perfeccionado hasta la fecha como uno de los robots tecnológicamente más avanzados del mundo.
  Entre sus peculiaridades, destacan su compleja capacidad motora. A día de hoy, ASIMO no  deja de estar en constante mejora y aunque aún es pronto para determinar un rol específico a este simpático muñeco, pretende estar encaminado a solventar los problemas de personas discapacitadas o con problemas móviles.
  La última versión de éste robot fue lanzada en 2009. ASIMO había conseguido sintetizar todo su complejo sistema interno a uno más liviano y discreto, pudiendo albergar en su interior, lo que antes llevaba a modo de mochila a la espalda.
  Además cuenta con una AI (inteligencia artificial) avanzada, es capaz de aprender, reconocer rostros y personas, y por supuesto hablar. Aunque el futuro de la robótica tal como da pie a imaginar este ser no es una realidad inminente, y los replicantes aún no venderán sexo frente a carteles ciberpunk de coca cola, el nuevo ASIMO implementa un dispositivo ICC (Interfaz computadora-cerebro), que tiene nada más y nada menos que un 90% de aciertos en el reconocimiento de ordenes cerebrales.
  Imaginaos el día en que esos aciertos sean del 100%, y pase a ser un bien cotidiano en una sociedad nipona, en la que la robótica es cada día más tangible e incluso, común.




Otro ejemplo de investigación robótica nos lleva a ésta simpática mujer, por decir algo, que con un programa de ordenador es capaz de acatar directrices e interpretarlas con gestos faciales y sonoros, aunque a mi parecer, no es tan interesante como ASIMO pese a que estéticamente sea más vistosa.




En Japón comienzan a estar de moda los restaurantes en los que los anfitriones son máquinas, de hecho, estos robots chef preparan cualquier plato del menú delante de los comensales, sin dejar de demostrar su destreza y su maniobrabilidad con la comida.




 En un intervalo de tiempo relativamente corto, la sociedad evoluciona tecnológicamente de manera sorprendente. En la sociedad nipona los robots, las máquinas, tienen un auge especial, y forman parte de una moda cada vez más frecuente, que en ocasiones para los occidentales puede generar cierta aversión, sobre todo porque no estamos acostumbrados a lidiar con estos bichos humanoides y porque en algunos casos, su hiperrealismo, aunque inquietante, para un amplio porcentaje resulta demasiado atípico y en el caso de la mujer robótica de piel sintética, por qué no decirlo, aterrador.
  ¿Por qué cuento esto? Porque es un hecho real. Que nuestros coleguillas nipones simpaticen antes con estas máquinas que nosotros no sólo es cuestión de frikismo, que también. Para nosotros puede ser frío simpatizar con seres cibernéticos, para Japón no. Las raíces animistas de su principal religión, el sintoísmo, han eliminado el miedo atávico hacia los robots como enemigos del hombre. El panteísmo, que permea el sintoísmo, otorga carácter divino a todo lo que nos rodea y propicia una relación armoniosa, o al menos sinceramente afectiva, de los seres humanos con las máquinas que simulan cada vez con más realismo apariencias y conductas humanas.
  Siempre me han fascinado los temas relacionados con la ciencia ficción, y a veces la realidad la supera sin duda. Considero que de alguna forma la evolución del ser humano a niveles tecnológicos, se renueva como un refinamiento de la naturaleza, ¿Qué es la tecnología si no naturaleza refinada?
  Se especula con el tiempo que hace falta, para que una máquina tenga la autonomía y la inteligencia suficiente como para rivalizar con la vida, y mientras que unos apuntan al 2029 como una fecha en la que los avances despertaran a un Frankenstein robótico, otros dicen que estamos a años luz de conseguir semejante avance y otros dicen que ni siquiera es un hecho viable.
  La ley de Moore basada en principios de observación lleva sucediéndose desde hace 100 años, pronosticando que la complejidad de los circuitos integrados se duplicaría cada año con una reducción de costo evaluable, de hecho se ha convertido en el motor del vertiginoso cambio tecnológico.
  Pero la ley de Moore no siempre se cumple, sobretodo si hablamos de física.
  El silicio es el principal componente de nuestros microprocesadores y el promotor de nuestra tecnología compleja, es un material semiconductor rentable y poderoso, pero sin embargo es inestable a nivel molecular. Si hacemos un transistor más pequeño y potente, éste generará más calor, el chip de silicio se derretirá y los electrones se perderán debido al principio de la incertidumbre. 
  Aún no estamos a la altura de superar a la ciencia ficción.
  Los científicos buscan un remplazo al silicio, y aunque computamos estructuras cada vez más complejas, estamos lejos de configurar un espejo de nuestra proyección de vida artificial. 
 Aun con todo, si consiguiésemos resolver todas las trabas que nos alejan de alcanzar una meta, teniendo en cuenta que a día hoy sólo hemos programado un robot con la complejidad de un niño de 4 años, para mí, lo más inquietante de todo es, ¿Podrá un robot poseer consciencia? ¿Puede estar programado para ser consciente, chequearse introspectivamente no de forma mecánica, sino de manera emocional, sensitiva?
  Son cuestiones delicadas, sobre todo porque nosotros aún no tenemos una afirmación rotunda sobre qué significa la consciencia, ni qué elementos computan en nosotros ni qué códigos naturales nos convierten en un ser más consciente que lo que ha sido programado para serlo.
  Si la tecnología puede considerarse (a mi parecer) como naturaleza refinada, y nosotros somos seres naturales, ¿No estamos hablando de un camino compartido? Quizá sea un camino en el que nosotros estamos destinados a ser androides y somos aún demasiado imperfectos. Quizá nosotros estábamos siendo programados orgánicamente desde que descansábamos en el útero, y quizá del mismo modo que jugaron con nosotros en algún momento como deidades que eligieron hacernos funcionales, nosotros tengamos la capacidad futura de hacer funcional aquello artificial, con una trascendencia mayor en la que la programación y los códigos sean alegóricos a las cadenas neuronales que conforman nuestro cerebro, una analogía de vida que responde por sí misma, esforzándose por ser más perfecta y capaz que sus creadores.
  Al final todo esto conlleva a dos vertientes: Una que nos ilustra lo poco que conocemos y lo que nos queda por conocer, y otra que a mí, personalmente, me recuerda lo relativo que es todo.
  Creemos ser lo más inteligente que pisa el cemento, que somos los únicos capaces de quebrantar barreras de conocimiento ocultas. Somos una raza envidiable aunque primaria universalmente, y la cuestión de todo es, hasta que punto lo nuestro es más real y verdadero que lo que podemos concebir, porque de alguna manera nosotros hemos sido concebidos al mundo. 




   Hay tardes, noches en invierno, en que me coloco el mp3, y me pongo a andar hacia la estación de metro que más lejos me pilla a la salida del curro, simplemente por andar. Te acomodas ante el día a día y lo dominas. Mola dominar el día a día porque de ninguna otra manera sabrías mantener el seso.
  Acostumbro a activar el automático. Veo como las personas a mi alrededor se aferran con rabia a lo que tienen, que en definitiva no deja de ser lo único que les queda. Aman y odian su trabajo, aman y odian lo que les rodea. Sus uñas sangran cuando por más que intentan adherirse a la colmena se resbalan y astillan, porque en realidad, aunque ellos no quieran saberlo, qué cojones, no les queda otra.
  A veces por la noche al salir, quedo con dos compis del curro y nos vamos a una tasca cool, que reluce en tonos azulados e incitan a desvariar hasta las tantas, pero nosotros sólo nos quedamos una hora a lo sumo. Una de las compis no bebe alcohol, porque dice que la cerveza sabe a hierro oxidado, a la otra le va la caña y siempre se pide una jarra de cerveza conmigo. Lo que mola de estos encuentros es que se han convertido en un vicio, cada semana paga uno, y las semanas que yo no pago repito.
  Siempre he sido un poco nenaza, y mis compis hablan demasiado. Cuando bebo apenas 3 tragos desvarío un poco, y las palabras de la que más raja, se pierden en la fatalidad de ser ignorada, tanto por la sobria como por el semiobrio, yo, que percibo todo un poco más volátil de lo que es.
  Los tonos de las luces azuladas de putiferio cool pasan a ser un poco más oníricas, y por un momento tengo el semi-impulso (siempre semi, considerando que no doy paso a mucho más), de llamar a Nani y decir: “Tronca, ¿pero no estás preparándote aún la mochila para nuestro viaje?, Tronca, voy a Salamanca ahora mismo y desvariamos a golpe de Birra imaginándonos que estamos en Shibuya”!
  Sé que ella no podría aguantar la tentación, pero normalmente, cuando suelto gilipolleces eufóricas, siempre son para hacer de ellas un estímulo antes que un hecho.
  Lanzo estímulos constructivos a los demás. En realidad, me esfuerzo por lanzar estímulos significativos a cuatro personas, y una de ellas soy yo.
  Para el mes de Enero me quiero apuntar al gimnasio, toma ya.

  Últimamente parezco un agente de la CIA. Puede que mi vida peligre. He estado indagando en temas ocultos, y la próxima  entrada os sorprenderá. No puedo desvelaros la fuente, pero tengo en mis manos temas de alto secreto... Ufología, extraterrestres, y un video clasificado que ha sido filtrado por wikileaks, y que tengo el placer de comunicar a la humanidad. Aquí os dejo un pequeño avance...





PD. A todos los que dejasteis comentarios en la anterior entrada, os he contestado ahí mismo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Sigma Seven Blues: Segunda Temporada


  Seven:


  Todos estamos transitando en torno a un remolino de asfalto y gravilla. Y me enorgullece saber que yo también estoy metido dentro del ajo.



 Desde que volví de Tokio he sucumbido ante la rutina, y mis días son algo menos frenéticos de lo que me gustaría que fuesen.
 Deberíamos llamar a esta etapa “segunda temporada”, por hacerlo un poco más molón, y así poder decir que cerramos etapas y abrimos otras nuevas, como nos enseñan en los libros de Harry Potter o en las pelis de Héroes guays.
 Doy las gracias a los que me habéis escrito algún correo regañándome o llamándome perdedor por no continuar con mi historia, supongo que de alguna forma el enfado es muestra de que necesitabais leerme, y gracias también a los que me lo habéis pedido con suavidad, aunque en el fondo todos sepamos que somos cuatro monos y a mi me gusta motivarme creyendo que somos una hermandad.
 Me ha costado mucho cargar las pilas al blog, no encontraba la batería idónea para que todo funcionase con una regularidad ininterrumpida. Me gusta ir marcando principios y finales, y no me habría gustado empezar escribiendo esto sin ganas, pecando entonces sí, de aquel que deja las cosas sin acabar. De momento vuelvo con mi compromiso de manteneros al tanto de mis historias cotidianas o aportaciones más o menos interesantes, siempre bajo la idea de que entre todos estos principios y finales, se entrelaza una verdadera meta: Volver a pisar Japón.


 Mis días son relativamente complicados, escribo mi libro lo que puedo y no entro a trabajar a las 9 de la mañana porque sé, que entre a la hora que entre, hasta las 9 de la noche no saldré. Por eso me tomo la libertad de entrar a las 10 o 10.30. Me he tenido que plantear aislar un poco más las clases para poder currar, dado que la empresa crece y puedo aprovechar un poquito mi posición de diseñador para hacerme notar. Los dilemas que surgen son múltiples, sobre todo cuando objetivamente y aceptando la realidad que vivimos, debería de estar más que satisfecho con mi situación y me cuesta. Francamente, considero que al haber estado en Tokio, tengo idea mínima como para fantasear que vivo allí, sin plantearme cosas tales como “Claro, quieres estar allí porque no has estado, cuando estuvieses verías que nada es tan bonito…” 
  No sé si me explico. Todos opinan, todos marcan, y las personas incapaces de haber conseguido algo en su vida te dicen que tú tampoco puedes. Lo más probable es que si estuviese allí, en Tokio, si lo hubiese conseguido, llegase el guay de turno a la carga: “Claro, vives aquí pero aún no has trabajado, el día que lo hagas verás que no es tan bonito”. Poniéndonos a tirar de la cuerda, hasta no sería difícil suponer que cuando estuviese trabajando y viviendo, tarde o temprano alguien me afirmase: “Verás cuando eches de menos a tu familia” y cuando estableciese lazos con ellos que superen las distancias, otra opinión de terceros me dé un consejo con el que rebata nuevamente o quien sabe, tal vez caiga.  
 Las cosas siempre son tan relativas o tan importantes como uno quiere, y quizá, priorizar situaciones que otros no harían, no quiere decir que sean más arriesgadas que las que están más al alcance de manera más inmediata.  Acostumbramos a dejar que decidan por nosotros, para luego decidir por los que en un futuro tenemos en nuestras manos, y no dejamos de creer que todo lo que sabemos es porque entendemos y hemos aprendido correctamente.

  Habiendo sucumbido ante esta paja mental y dedicándome a viciarme a videojuegos y quedar con colegas en mis ratos libres, sabiendo que no quería pensar y activando el automático, el día 17 de Diciembre llegó con un significativo Sábado. 


   Había quedado el grupo de Japón en Madrid, para después de nuestro viaje volver a vernos.  En principio yo no iba a ir. Danae está currando en Salamanca y no la veía desde Tokio, su curro tampoco le permitía venir y a mí no me motivaba demasiado presentarme, teniendo en cuenta que tenía también curro de cojones, obligándome a mí mismo a currar en casa el fin de semana para presentar el Lunes un proyecto.
  Esa misma mañana del  17, habiendo planeado mi sedentario finde, Danae me llama al móvil a eso de las 2 de la tarde: “He pedido el fin de semana libre para verte”. Creo que también me dijo algo como “No me jodas que no vas a ir que te mato”. Los esquemas se me fundieron.
  Me preparé, arreglé, y me piré para encontrarme con ellos en el Oso y el madroño del punto 0.
  Me alegro de que el fin de semana hubiese dado un vuelco tan radical. Podéis suponer la alegría de volver a encontrarnos, y el retorno de los desvaríos en discotecas hasta las tantas de la madrugada. Mi encuentro con Danae cojonudo, la echaba de menos y fue guay ver que ni nuestro buen rollo ni nuestra promesa habían desaparecido. Me entró mucha nostalgia ver a JD, Elara (La gemela de Danae) y Danae, entre otros, caminando por calles de Madrid.
  Era una sensación extraña.
  El Domingo acompañé a la estación a Danae y la despedida sirvió para que volviese la euforia y el recuerdo.
  Por mi parte, creo que esta entrada nos deja buen sabor de boca a todos, iremos contando friki cosas poco a poco. ¡Digo "iremos", porque la segunda temporada se presenta con sorpresas!
 
  PD: Para la siguiente recordadme que baje el nivel de intensidad...

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  Nani:

 

 ¡Buenas! Supongo sabéis quien soy: Danae (creo que a partir de ahora seré Nani).




  Es la primera vez que escribo en un blog y no sé muy bien qué clase de cosas se cuentan y cuáles no, pero leyendo éste y con sentido común creo que sabré hacerlo poco a poco.
  Me intentaré presentar, aunque no sé por dónde empezar...tampoco quiero ponerme demasiado mística, que para eso ya está Seven.
  Yo lucho por un sueño. Hasta este año no descubrí cual era ese sueño: Viajar a Japón. En el mismo año lo hice realidad y mi vida tuvo un nuevo significado.
  Pienso que en la vida, todos necesitamos una razón para vivir, para levantarnos cada mañana, ir a trabajar, sonreír, respirar...
  Por lo general se necesita a alguien para hacer la carga del día a día más liviana, lo malo es que no vale cualquiera, porque si no, puede aumentar el peso de la carga aún más: por eso tiene que ser la persona indicada, aunque a veces es más complicado de lo que parece encontrarla.
  Cada mañana me levantaría, iría a trabajar, sonreiría e incluso respiraría por vivir unos pocos meses en Japón con Seven.
  Tengo gente que me quiere y que me anima. Aunque carezca de la persona que sea sólo para mí, sé que cuento con el apoyo incondicional de Seven.
  Y por eso creo que vale la pena ser feliz.
  Hay una canción que refleja bastante bien todo lo que he sentido a lo largo de este año con todo el tema nipón (el que sea algo friki e infantil creo que sabrá de dónde está sacada ^^):
  "Tantos días sola en mi ventana, tantos años sin poder salir, sin saber cómo era el mundo, lo que me perdí. Desde aquí, bajo las estrellas ahora puedo ver. De pronto hoy siento que estoy allí donde soñé… Es tan bello y tan real, para mí el mundo ha cambiado. Esta vez todo es tan distinto al mirarte a ti. "
  Y hay estaría Seven contemplando la avenida de Tokio desde la Tokio Tower. ^.^
  No sé si ha sonado muy místico, pero no sé explicarlo de otra manera.
  Tengo recuerdos con él que no desearía que fuesen con niguna otra persona:  Las dos noches y el día que pasamos juntos, sin dar explicaciones a nadie. Viviendo nuestro sueño a nuestro ritmo. El segundo domingo en Yoyogi, paseando, pensé: "No quiero estar en ningún otro lugar con ninguna otra persona. Estoy donde quiero estar y con quien quiero estar". Y así se lo dije.       
  Creo que le hizo feliz.

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  Seven:
 Si no controláis mucho inglés, os recomiendo buscar la traducción y que disfrutéis de la canción. Buena semana y Feliz Navidad!

domingo, 23 de octubre de 2011

El comienzo de una etapa.

  
 Me ha costado bastante cerrar la etapa de mi paso por Tokio, yo creo que por varias razones obviando que la principal es que estaba bastante cansado, y que nada más poner el pie en España he tenido que incorporarme el viernes al curro.
 Estamos a sábado, pero nos remontaremos al domingo de la semana pasada.





 DOMINGO

 Ya había avisado a la gente, de que como serían nuestros últimos días y encima libres, iría completamente a mi bola, más que nada porque lo necesitaba. El domingo nos obligamos a levantarnos porque la resaca del sábado en el Karaoke, nos tenía como pasas envueltos en nuestro futón.
 La primera en ponerse en pie fue mi compañera Danae, con la que habíamos dicho de hacer algo juntos e ir al parque de Yoyogi, al que aún no había ido, y al cruce de Shibuya, conocido por ser el cruce más transitado de todo el mundo.
 Quedamos a las 12 en la puerta del hotel, donde se nos unieron su hermana Elara y JD, otros dos compis de viaje.
 La sensación al entrar al parque fue muy agradable, sobre todo porque se sentía que era domingo, y la peña se relajaba en el césped y caminaba por el parque tranquilamente.
 Nosotros no fuimos menos y nos compramos comida en una combini para tomárnosla apalancados en la hierba.











 
 Puede que en mi friki manera de percibir las cosas, me indujese a convencerme a mí mismo de que los cuatro estábamos planchados porque nos dábamos cuenta de que quedaba poco para que todo se acabase. De hecho creo que así era porque nos tumbamos en la hierba comentando sobre la situación de cada uno al volver a España, y todos estábamos de acuerdo en que nuestra situación en Japón era más apetecible, y no sólo por estar de vacaciones, o al menos así lo creíamos.
 Ya sabéis, es de esos típicos momentos en los que algún entendido os dice “Ya, pero luego aquí la vida es muy dura y no lo veríais de la misma forma, claro, es que estáis de vacaciones”. 

  Tres fotos de nuestro césped donde comimos.




 Cuando abrí los ojos y me levanté, me dí cuenta que teníamos a cuatro japoneses angustiados porque se les había colado un frisby en una de las ramas del árbol que nos daba sombra. Concrétamente encima de nuestras cabezas. 
  Fue cachondo porque les teníamos pegados a nosotros, mientras hacían gestos silenciosos para no  molestarnos.
  Continuamos caminando una horilla más, eran entre las tres y las cuatro de la tarde, y parecía que fuese a anochecer en breve.




 
 







Os coloco otro video que me dio muy buen rollo. En otras circunstancias hasta me habría sentado con ellos a hacer el ganso (lo de ganso lo digo más que nada por mí, no por ellos).


 
 
Más tarde iríamos a Shibuya, no sin antes quedarnos un rato atontados (creo que sólo me empané yo en realidad) viendo a los famosos Rockadilli. 



 



Del cruce de Shibuya no puedo deciros gran cosa, aparte de que hay que verlo con vuestros propios ojos. En esa tarde tan breve sentía que me faltaba tiempo para patearme más días aquellas zonas y que lo único que podía hacer era fantasear. Había una diferencia muy grande entre sentirse que formas parte de aquello, a sentir que estás de visita agónica porque eres un turista, no sé si me explico. 







 
 
 Algún día habrá tiempo para adaptarme a ésta ciudad.

 LUNES.

 El día del Lunes quise volver a Shibuya y por aquellas zonas, sobre todo porque tenía intención de comprarme algo de ropa Japo.
 Camino del tren me hice una foto en el mítico Gundam Café, en el que no tomamos nada, pero que dejo como tarea pendiente para un futuro.

 Las tiendas que vimos eran carísimas.
 Otra cosa no, pero nunca había vito ropa tan cara, os digo que lo más barato rondaba los 70 euros, ya fuese un pantalón o una chaqueta, aunque la mayoría de pantalones no  bajaba de los 100 euros. Supongo que hay que invertir muchísimas horas o tener más idea de dónde encontrar ropa más asequible, eso si la hay. Por mi parte no tengo ni idea, ya que lo poco que sé de éstos japoneses, es que curran tantas horas seguidas que ganan auténticos pastizales. Eso sí, no penséis que tienen demasiado tiempo para gastarse el dinero, razón por la que a la mínima que pueden se gastan una auténtica burrada en lujos, ropa, coches, o sencillamente se piran a Akihabara a jugar a máquinas tragaperras porque lo que ganan puede llegar a ser algo secundario.
 En realidad ahora que lo pienso, toda la peña es muy pija, sobre todo en sus formas de vestir, por no hablar de las niñas. Creo que poca gente joven he visto que no vaya a la última.
 La única tienda en la que la ropa estaba toda a 7 euros, fue una de segunda mano en donde todo me parecía de lo más cutre. Al final tras mucho buscar me compré tres cosillas (No en las tiendas cutre y tampoco por demasiada pasta), que en España dudo que encontrase.
 A la hora de comer, los tres que éramos entramos en un buffet libre tipo americano, en el que por 15 pavos te ponías hasta arriba de toda clase de pasta y postres de helado, bebiendo también lo que te diese la gana.
 Yo me pillé de bebida fanta de melón. Sí, como lo habéis oído. Era fanta de color verde además.

Entrada al buffet.

 Llegada la tarde decidí pirarme solo hacia el hotel, para darme un baño relajado en los baños termales y después pirarme a pasear por akihabara. La cosa iba sucediéndose una tras otra como lo tenía planeado, hasta que me encontré con una pareja del grupo que me invitaron a ir con ellos al Tokio Dome, un hotel lujoso cerca de uno de los estadios de Beisbol más conocidos. El hotel una pasada, según me contaron cuesta unos 300 euros la noche, pero gozas de friki lujos tales como mayordomo privado y movidas de estas por las que a día de hoy yo no pagaría. Por no decir de los alrededores del hotel, todos de su propiedad, que prácticamente se extendían como un pequeño barrio de Madrid, con montaña rusa incluida.
 Estuvo guapo como curiosidad, sobre todo porque a esas horas de la tarde/noche empezó a entrarme la angustia de que era mi última noche oficial, ya que la siguiente sería estar prácticamente alerta para que a las 7 de la mañana pudiésemos ponernos de camino al tren que nos llevaría al aeropuerto.
 Llegados a unos jardines del hotel comenzó un espectáculo de agua, en la que por esas casualidades de la vida asocias a que todo ocurre en el momento propicio para incrementar las sensaciones del momento y tiene un significado. Y para mí no fue ni más ni menos que una despedida personal dispuesta a dejarme un buen sabor de boca para no olvidar estas tierras por mucho tiempo.



 
 
 Se hacía tarde y tenía una cita en el hotel con el grupo. Como curiosidad decir que al volver, andaba algo perdido y pregunté a una mujer la dirección del Hotel Edoya. La mujer me guió como pudo, y me perdí. Me perdí de nuevo porque me guió mal, me enteré de ello cuando volví a encontrármela en su coche, estaba buscándome por toda la zona para llevarme y pedirme disculpas por haberse equivocado al guiarme. ¿Casualidad? No, Japón.

 Danae, mi compi de grupo con la que al día anterior fui al parque Yoyogi, estaba con la misma angustia que yo, sabiendo que todo llegaba a su fin. Esa noche habíamos prometido que nos negábamos a quedarnos en el hotel bebiendo cerveza, y que por cojones teníamos que aprovechar nuestra última noche completa.
 En la sexta planta todo transcurría con la misma normalidad que siempre, la gente empezaba a ponerse contentilla y los que estaban más sobados se iban a sus habitaciones. Por un momento llegué a pensar que en mi empecinamiento por no aceptar que debía cerrar los ojos, me tendría que ir sólo a pasear por Tokio de madrugada, a gritar, correr o hacer el capullo, pero desde luego no a dormirme.
 Hice tiempo mientras el ambiente iba apaciguándose, hasta que por fin Danae que se estaba quedando hasta las últimas con la misma intención que yo, me dice que si nos piramos de una jodida vez.
 Yeah, subidón, euforia, frikismo, llamadlo como queráis, pero el momento en el que fuimos a una combini a comprar más cerveza, cerca de la 1 de la madrugada, para beber por la calle mientras paseábamos fue irrepetible. Quizá fue de las sensaciones que llevaba 13 días esperando tener, una sensación relajada, niponamente usual, dentro de que beber cervezas por la calle no es usual allí, pero sí tal como nosotros lo entendíamos, porque no éramos unos malditos guiris que ansiaban hacer fotos de todo sin llegar a mezclarse con la cotidianidad de Tokio. No sé si es porque estaban las calles vacías (quizá sería la razón más de peso), pero encajábamos.
 Fuimos al parque de Ueno, cerca de nuestro hotel, y paseamos horas mientras nos contábamos nuestras vidas. No hace falta volver a decir, que en mitad de un parque tipo retiro de Madrid, no sentíamos ningún tipo de miedo porque nos atracasen o encontrarnos con gente chunga.
 Esa noche, se me reafirmó no sé tampoco si por las cervezas, la idea de que quería vivir allí. Exteriorizando estos pensamientos con la persona adecuada como fue Danae en ese momento, la paja mental trascendió a niveles supremos, llegando a cavilar mutuamente sobre utopías comunes y la vía para hacerlas realidad. La conclusión es que al día siguiente, nos perderíamos por Tokio a nuestra bola juntos, sin tener que dar explicaciones de a dónde íbamos a nadie.
 Tras más de dos horas de flipe, el desvaríe continuó por las calles, en las que cualquier persona ebria se sentiría la protagonista de un anime, y días después recordaría con cariño y cierta vergüenza.
 Sobre las 5 de la madrugada, nos compramos las últimas cervezas para meternos en bañador en los baños termales masculinos y acabar en la sauna (todo es menos erótico de lo que vuestra retorcidamente puede imaginar), hasta que nos pillaron los dueños del hotel y tuvimos que irnos tragándonos el bochorno para perecer en nuestros futones hasta la llegada del último día.

MARTES

 Ya había previsto a Danae, de que no tenía pensado un destino concreto, no iba a visitar el último templo que me quedaba, porque seguramente no sería el mejor recuerdo que me llevase de los últimos días.
 En nuestro afán de improvisación decidimos retornar a Ueno, el parque de la noche anterior, y entrar en el Zoo, sin preguntarnos demasiado si era la decisión acertada.



























 Estábamos un poco soñolientos, teniendo en cuenta que habíamos dormido apenas 4 horas. Por un momento llegué a sentirme mal por estar así el último día. Como Danae andaba igual, decidimos irnos al hotel a pegarnos una ducha rápida, despejarnos y demás, para acto seguido partir a la Tokio Tower a ver como anochecía en la ciudad, desde la cafetería a no sé cuantos metros sobre los tejados de los edificios. Quizá esperaseis una entrada menos pomposa, con un final más light, ¡pero me es imposible!




 Es una ciudad del futuro ¿Eh? Estuvimos más de dos horas dentro de la Tokio Tower viendo atardecer, hasta que finalmente los neones de la ciudad y las luces rojas del edificio se remarcaban como una despedida. Cuando nos sentamos en la cafetería, las vistas que teníamos eran las de una gran avenida que relucía más que el resto. Danae me invitó a un helado de chocolate.


 Hubo un momento en el que me puse los cascos y le pasé un auricular a Danae, hay una canción que tenía preparada para una situación así y comparto con vosotros, para de alguna forma, tratar de transportaros más a la sensación de aquella tarde.



 



Me es dificil haceros entender y ver, que los coches se movían al ritmo de éste sonido. Espero que para los que no les parezca demasiado pastel, y puedan sentirse identificados, disfruten del momento.

 En el silencio de una ciudad respetuosa y saboreando un helado de chocolate, vuelves a reafirmar que volverás, y que quizá, por qué no, tu lugar esté en éste país. Por segunda vez lo compartes con la persona adecuada. Puede que compartir éstas ideas con la persona adecuada no sea lo más sensato, porque una cosa te lleva a la otra, y al final tu historia se asemeja a un melodrama con final intenso de esos que lloras como una colegiala japonesa.
 En el momento en el que a Danae y a mí se nos cruzaron los cables a la vez, la cagamos. Y fue por eso que hicimos una promesa de dedo meñique. No os riáis. Cuando horas más tarde ante el grupo dejamos caer que habíamos hecho una promesa, uno de los del grupo vaciló diciendo “Una promesa de dedo meñique, ¿no?”
 En realidad nunca he creído en las promesas de telenovela, sobre todo cuando son suscitadas por la euforia del momento, porque siempre se estampan contra el suelo como algo amorfo que jamás tomó forma.
 Pero tenía un plan B.
 Para el 2013, Danae y yo tenemos que estar viviendo en Tokio juntos (No estamos enamorados, vale ya). En ese transcurso yo acabaré mis estudios y ahorraré, y ella trabajará como una negra con una sola meta.
 ¿Y si ha sido el resultado de la euforia del momento?
  Bueno, reconozco que llevar esta utopía hacia adelante es bonito, pero en caso de que no cuente con Danae seguiré encaminando mi vida solo, que no se me da mal, y con ello todo irá fluyendo si me voy anteponiendo a las cosas con cabeza.
 ¿Por el momento? La conexión entre Danae y yo es fuerte, y estaría guay seguir escribiendo un transcurso positivo de cómo vamos trabajándonos nuestro sueño día tras día.
 La despedida de Tokio Tower fue silenciosa, sobre todo porque para mí, esa sí que fue mi despedida oficial de Japón.

 La noche después transcurrió en el hotel hasta las siete de la mañana, y me negué a hacer fotos. No tenía ganas de fotografiar cómo dejábamos atrás Japón, porque cuando miré a Danae le levanté el dedo meñique y todo final se quedó abierto incluso cuando llegué a España y al día siguiente fui a trabajar, para acabar hoy domingo en el salón de mi casa escribiéndoos esto, y sin haberme hecho a la idea de que esto acaba.
 Día a día iré asentando mi cabeza y sacando adelante el curso y el curro, que no es poco.
 Hoy al abrir el facebook, me he encontrado con un video de ésta serie que me ha dejado Elara.
 Como sé que leerás esto, ¡Danae! ¡Ponte las pilas!


 
 
FIN 
 
Aclaración: Contrariamente a lo que se pueda interpretar o no, Danae y yo no tuvimos absolutamente nada ni íbamos con esa intención. La afinidad que teníamos, nos permitió y ojalá y nos permita, compartir un camino y una ilusión. En ningún momento he intentado ni pretendido inducir a confusión, dado que lo vivimos es lo que hay tal cual, y el buen rollo hace que los que estabamos allí no tuviesemos duda de que era una bonita amistad. Me veo en la tesitura de aclarar esto, en respuesta a los correos privados que me han llegado felicitándome por encontrar piva.